lunes, 10 de septiembre de 2012

EL ESPACIO GENERADO



Estoy en el malecón, por la Catedral, y un viento norte corre por la altura del torso. No lo siento aunque estoy entre ese vector relajante. Veo los tendales y no alcanzo esa frescura cosmopolita que me transportaba a mis deseos sencillos, mundanos, íntimos. Hay una presencia vacía alrededor de mí; no lo siento, no percibo; sí, eso puede ser: como ese ente es inapelable a la existencia, necesita un arrimo de la realidad mía. El orbe del romanticismo me ha quitado esa noble sensación de ese tendal de sucesos, pasos, oportunidades anheladas, cofres ociosos, la vida; y me ha dado esa presencia vacía, como una burbuja irregular, esa pompa que no encuentra su éter intrínseco, que está más allá de esos cuásares maravillosos e inaudibles espectáculos cósmicos. La nada te espera, espacio, y no sé cómo te generé, pero siento que fueron esos poemas, poemas que me dañaron, que complacieron al conjunto unión pero noto que está fuera de él, que probablemente sólo lo represente yo y ella, o el inefable repertorio de mis antítesis más impregnadas en mi mente dual. Hay una línea en ese diagrama de Venn, dentro del Referencial, que se encarga de abrazar el realismo y arrebatarla de mi humanidad, esa que engloba la tierra, un Atlas. Esa línea es ese vacío maldito, el campo espectral más siniestro aunque destilado, y ahí está el misterio. Cuando esa presencia desaparezca, al fin podré concebir una boca más entusiasta, libre, que cuente a los lares remotos lo que la soledad más inmediata es capaz de perpetrar. Me atrevo a decir que ella pronto saltará, como un gas de poca densidad, hacia el cielo, los astros, los cúmulos, hasta encontrar su hogar, y se irá amarrada a mi respiro. Mi firma ya está en el universo. Y creo que ya no está ese gas sin masa, porque estoy por concluir esta carta, que no es confesión ni desahogo; sólo es un halago a ese enemigo que me permitió expandir como una estrella moribunda.
Veré, otra vez con ese viento veraniego, esos tendales al otro lado del río Babahoyo, así como cuando los apreciaba desde la bicicleta con mi padre. Ese vacío, ese espacio, se genera cuando uno crece.

jueves, 26 de julio de 2012

Ay, señor Evans


¡Qué vergüenza, señor Evans! Ya ha estado con esa nariz bohemia, trémula por convicción indispuesta a declararse, teniendo trastorno bipolar. Su nariz es una catarata, pero ¿qué le pasa!; hágale saber que debe poner sus nervios contra el cerebro, porque piernas para aterrizar no tiene, y, si las tuviera, correría en una actuación agonizante, sí, desangrando como pies pigmeos pero torturados, aun con la advertencia sobre lo que le pasó a un carpintero judío con cualidades mágicas, que vivió hace dos milenios, todo el mundo pretende conocerlo con rumores exponenciales. Y, aun así, usted agita inútilmente la cabeza, no sé si sea por no querer escucharme o reorganizar su sistema nervioso, que, como le puedo diagnosticar, está a punto de iniciar una huelga. ¿Qué ha hecho su cerebro para que todo esto estalle, señor Evans? Que yo sepa, usted no es capitalista, su cerebro tampoco lo ha de ser. Espero que no sea un cuadro de abstinencia, porque me dijeron compañeros suyos, los de ese hospital, que usted era adicto a las metanfetaminas y otras pastillas que tanto han atormentado a sus pacientes; y ahora usted es el paciente, probablemente se sienta humillado, pero lo dudo, ya que, si su cerebro está ocupado resolviendo una crisis, usted ni ha de estar oyendo mis palabras con claridad. Pero el intento vale la pena, tal vez repercuta más tarde, como una carta empolvada, más tarde tomada del buzón de su buen amigo, el oído, que está teniendo problemas también, todos ellos relacionados con su nariz-catarata. Esta nariz sigue afectada por una locura más ajena a los casos psiquiátricos más controvertidos. ¿Qué especialista podría tratar a un par de fosas nasales dementes? «Un neurólogo», respondería usted, pero aquí también intervienen sentimientos, y no sé si exista algún híbrido que lo salve de este síndrome tan atendido. ¡Qué vergüenza, señor Evans y su nariz!
Sus ojos también sufren, ahora por depresión; aunque parecían haberse deshidratado no porque han llorado, sino porque la nariz había drenado las provisiones de lágrimas. Así quedaron saqueadas las glándulas lacrimales, y el cerebro no había ordenado reabastecimiento a causa de una atención mal presupuestada, que podría costarle caro a los ojos. Ni se podía hacer decreto de emergencia porque, al final, usted, mi amigo Evans, no corría peligro de muerte. El cerebro está en un lanzamiento de ultimátum a su nariz, en pleno devaneo, como si le va a entender, ¡qué tragicomedia en potencia! Yo, al principio, lo malinterpretaba como el comienzo de una caótica y anómala sinestesia. Imagínese, ya de por sí la sinestesia es un caso rarísimo, y se le agrega esos adjetivos que, erróneamente, podían haber producido un pleonasmo. Tanto estaba irritado su cerebro que tuvo que tomar algo del agua en caída libre de la nariz para enfriarse, porque ya iba a sufrir un derrame. Así, el cerebro se convirtió en cómplice de la nariz aunque fue algo forzoso, como muchos colegas han de haber opinado. Pero todo era conjetura e incertidumbre, ¿qué más se puede pedir? ¡Qué vergüenza, señor Evans, su nariz y sus ojos!
La lengua, aunque no sufría de frenopatía ni padecía dolencia sensorial como sus compañeros, rompió su silencio, y no me refiero a palabras de su consciencia, usted lo sabe, porque ya tenía groseros roces con el ya estresado cerebro: ella mismo salió de su boca, en contra de la voluntad de su mandamás, y muchos se sintieron ofendidos e hicieron alharaca por esto. En belicosa alegría, le robó al oído sus instrumentos favoritos, y, aprovechando la debilidad de los ojos, quiso formar un concierto pintoresco. Sin dudas, la lengua fue más astuta, pero por su poca efectividad, porque decimos a veces cosas desfachatadas, terminará por concluir la reacción en cadena. Sí, reacción que hasta las neuronas felicitarían por tan complejo e irrepetible trabajo, monstruoso por cierto. Y, así, la lengua tendría el ego elevado, eso es inevitable, porque además usted es muy arrogante, señor Evans. ¡Qué vergüenza, señor Evans, su nariz, sus ojos y su lengua!
El reino nervioso estaba en crisis, pero los órganos de los mundos bajos levantaron guerra entre ellos a causa de pura envidia. Y, usted, señor Evans… ¡Qué le sucede? ¿Por qué tiembla? ¿Señor Evans…? ¡Traigan la cami l     l         a         ! Quedamos aterrorizados, su nariz se desprendió de su cuerpo, causándole una hemorragia, y la catarata se volvió roja pero no por la sangre nasal, sino porque la catarata ahora provenía del lugar más caliente de su cuerpo, como intoxicación premeditada; unos dicen que fue el cerebro que desvió su derrame a la nariz como venganza para aliviar su dolor. Pero todo fue inútil, ¿quién gobernaría con un pueblo sublevado?
Ahora que el señor Evans dejó su legado para los libros de psiquiatría y neurología, tengo que decir: ¡Qué vergüenza, señor Evans y su cuerpo! ¡Qué vergüenza! Muchos me dijeron que era una fuerte gripe que puso a delirar todo su organismo, pero no me dejé convencer por tan simples tonterías.
A la tarde siguiente, para su funeral desolado, su féretro fue cubierto totalmente para evitar que su dignidad se pierda, porque nadie querría caminar sin nariz ni que le vean sin una. En cuanto a la traviesa aventurera, fue desgastándose por el pavimento y la tierra, lo único que consiguió fue oler la bajeza humana. Ya no hay rastros de ella, sólo los vellos.

jueves, 2 de febrero de 2012

EL VIAJE ESPIRITUAL Y MUNDANO DE STEINMEIER (Cap. III)

EL VIAJE ESPIRITUAL Y MUNDANO DE STEINMEIER
III: PERTURBACIÓN DE UN HOMBRE ENAMORADO QUE SUPERPONÍA SONIDOS
(WALTER HA EMIGRADO DE NUEVO)

Advertencia: Puede interrumpirse por obra y gracia de W. Steinmeier
Siempre soñé con la vida de músico. Mis padres decían que tenía madera, madera de perdedor y por tal razón me tenía que dedicar a la música. Vivo en un mundo lleno de contradicciones bastante superfluas, cada una menos relevante que su antecesora, como una rajadura que se ramifica por la pared de la concordia. Yo trataba de ocultar aquella pared fracturada por diversas repisas llenas de libros de personas que yo consideraba significantes carrozas de cultura y ciencia. Sentía que mi situación con mi familia era cada vez menos oportuna pues ellos eran “progresistas” y un artista no podía estar en medio de sus reuniones con la sociedad de la pereza y el consumo. Me obligaron a ir a Oxford, cosa que evité con una decisión bastante descabellada: dar la bienvenida a la mendicidad. Pensaba que comenzar desde el cero me sería útil… todavía no es tiempo de que me cuestione.
Yo he sido un joven bastante parecido, calculador, pero que considera al arte admisible como un mundo de posibilidades y esas banalidades que usted intenta esquivar. Me gusta ir lento, bien lentito, como el caracol y dormir mucho como el mismo; eso no quiere decir que le tenga miedo a envejecer. Más bien es un planteamiento para pasar por alto las reglas generales de la vida. ¿Tal vez sea un rebelde por eso? La verdad, no lo sé, respóndalo por mí pues soy muy perezoso para hacer preguntas sobre mi existencia. Puedo ver a través de los ojos de otros; no, no soy telepático ni psíquico. Ellos me cuentan lo que debo procesar, afortunadamente todos aceptan la condición de que debo hacerlo muy despacio porque… recuerde, soy como el caracol. Dejemos de hablar de este simpático molusco para centrarnos en el otro ingrediente: mi habilidad musical. Claro, para eso tenía que calibrar el reloj de mi vida y el de la música pues esta última evoluciona más rápido que mis propios sentimientos. ¡Vaya!, ahora toco el tema de los sentimientos. Ellos que tanto me han ahorcado, suerte que su soga es tan débil como sus “progenitores”; mis sentimientos, por suerte, pudieron escabullirse por la ahorca preparada por mis amores previos a este escrito. Probablemente es por eso que nunca me ha dolido cuando esa persona especial se larga de una buena vez… ¿o será que detecté a tiempo que nunca me ha amado? Diablos, me estoy desviando, como esas rajaduras protagonistas del cuarteamiento de la pared antes mencionada. Dejemos eso para después.
Recuerdo estar en una calle bastante transitada en Londres. Compraba vidrios rotos por una cómoda cantidad de peniques; aún me sobraba para comprar el pan y el agua. El asunto trata de que yo me hice amigo del dueño de Art & Paintings, una tienda de pinturas. Nunca olvidaré sus primeras palabras: “Miren a este mentecato, el hijo de los Palmson… qué tal, mi nombre es Paul Paintalung.” El señor Paintalung comprendía mi situación a pesar de tener una cálida amistad con mis padres. Me encantaba su acento. Él jamás podía pronunciar la ‘r’ como debía hacerlo un buen inglés; la más ejemplar es la palabra ‘raro’, salida de su tartamuda boca como ‘vavo’. Me enseñó a dominar las milenarias técnicas de elaboración de mosaicos con un poco de pintura y vidrio. Pero él no tenía vidrio para reciclar, así que yo viajaba a la fábrica de jarros y espejos para conseguir lo necesario. Paintalung era viudo y poco a poco fue acercándome a su hogar y sus secretos. Un día fui a su casa, no muy lejos de su tienda y muy cerca de la mansión de mis padres, quería mostrarme un mosaico que representaba su tormentoso pasado. Estaba inconcluso y se atrevió a ilustrarme sobre la historia de su obra:
–Su nombre es Walter Steinmeier –dijo el señor Paul–, su apellido hacía honor a mi primera y única amiga, la misma que más tarde se convertiría en mi esposa. Es mi más brillante creación, pero no nació como un flash de cámara. Se fue formando durante mi infancia, cuando residía en Liverpool. Yo lo creé porque el autismo que la sociedad me inducía me obligaba a dibujar y seguir más acérrimamente los pasos de mi familia.
–Es como un amigo oculto –comenté.
–No, no fue eso –refutó Paul–. Al principio era un buen entretenimiento. Sin embargo, traté de dejarlo cuando me di cuenta de que estaba alejándome del mundo, la tecnología, sus lenguas y sociedades. Él se volvió dañino y me desinformaba a tal punto que me decía que las flores fueron creación de la antigua papelería de al frente de mi casa y que eran muy astutamente puestas por los jardineros para obtener dinero fácil. Odiaba el mundo industrializado… sí, sí, él podía abandonar mi cuerpo para visitar lo que me negaba observar.
–Eso es terrible –afirmé, con conjeturas en la cabeza sobre su mente–. Por suerte, no causó daño en la gente, ¿o sí?
–Así es John –me dijo, con un suspiro de alivio–, no podía de manera directa pues estoy seguro que era incapaz de migrar a otros cuerpos al menos que me abandonase definitivamente.
–¿Y lo dejó para siempre? –le pregunté con recelo.
–Sí –respondió mi amigo, muy feliz–. Sabía que los pedazos de vidrios rotos se hicieron más importantes y se fue…
–¿El cuerpo?
–Al cuerpo de mi sobrino político, Helmut –aseveró, bastante decaído–. Fui a visitar a su familia, en Ecuador. Ellos trataron de correr de un pasado muy triste y poco productivo. Incluso yo me considero el precursor de su “huída” a ese país, donde no se procreaba tantas preocupaciones, pero sí mucha estupidez. Por suerte, ellos fueron inmunes a la estupidez. Helmut sufría un poco de desequilibrio así que jamás traté de juntarme… hasta que una vez lo vi desvalido en su cuarto, haciéndome recordar mis pésimos momentos con mi nana. Fui a consolarlo, pero resultó ser el peor error de mi vida.
–¿Error atender a un niñito?
–En realidad tenía siete años. Walter había estado viajando lo más alejado posible de mi cerebro: en mis zapatos. Creo que su personalidad se hizo más maloliente que nunca. Y cuando Helmut me abrazó, sentí una corriente escalofriante atravesar mis brazos que agarraban con cariño la cabeza de mi sobrino. Así Helmut, un niño jorobado y desubicado, se convirtió en un presentable y alto joven con la seguridad de una rana antes de comerse al grillo. Así como me sucedió, parecía beneficiarle, pero sólo era un espejo engañoso de lo que realmente era Helmut.
–Lamentable…
–Terrible será. Walter resultó ser más posesivo y astuto que nunca. Él daba a Helmut la impresión de que podía observarlo, pero sin hacer absolutamente nada. Para Helmut eso era muy normal y pensaba que toda la gente hacía lo mismo.
–¿Y cuánto tiempo estuvo usted con Helmut?
–Traté de convencer a Walter que regrese conmigo para salvar a Helmut, pero Walter estaba más agarrado que una tenia. Luego de largas noches de lágrimas, decidí regresar a Liverpool…

domingo, 15 de enero de 2012

EL VIAJE ESPIRITUAL Y MUNDANO DE STEINMEIER (Cap. II)

EL VIAJE ESPIRITUAL Y MUNDANO DE STEINMEIER
II: GEORGE MANSON: “EL ENIGMA DE LA DOBLE PERSONALIDAD FUE MI MAYOR IMPACTO”
(WALTER HA EMIGRADO)
Estaba en el ático de mi casa y mi esposa gritaba a que escuche la radio. El narrador anunciaba algo que, por mi terquedad en mis investigaciones sobre el demente, avivaba la mecha de la alegría: “Está, sí, ya está encerrado el famoso H. Steinmeier, estudiado muy de cerca por el prestigioso psiquiatra George Manson. Este hombre, de origen estadounidense, explica en su libro Yo y el Gémino que Steinmeier es único en su tipo, muy diferente a otros casos de doble personalidad”. Claro, a la vez estaba hostigado de este caso, incluso ya me estaba poniendo nervioso cuando vi esas ojeras en el espejo. Me llegaban docenas de cartas pidiéndome que analice otros casos de doble personalidad en Guayaquil. Al mismo tiempo, grafitis con la denominación Av. Sodoma está allí abundaban. Todo pasaba muy rápido, quería que todo convergiera a una singularidad y que se hunda en las historias costumbristas para siempre. Y así fue, todo se acumuló a un cerro que tuve que barrer en un solo día.
Abrazaba a mi esposa antes de dormir cuando oí un gemido, era de la casa de al lado. Me sentía excitado. Nunca había oído a una mujer gemir tan, tan seductoramente. Quería hacer a mi esposa mía, pero el poder de la conservación me tenía irritado. Los diarios pensarían que sometí a mi esposa para satisfacer mis necesidades masculinas. Pero, ¿quién podría enterarse de esto?, eran las 2 de la mañana y, aunque todo se oía por la propiedad de estas descuidadas casas, todo el mundo dormía. Estaba obsesionado, quería hacer el amor y obtener ese mismo gemido perfecto. Trataba de contenerme, me puse de pie y me dediqué a escuchar con el tocadiscos orquestas relajantes. Entonces arribó ese morboso sonido otra vez.
Mis sentidos estaban más que exaltados. Esa elevación debía ser dada de baja... tenía que halar esa cuerda. Jamás recibiría el perdón de los curuchupas, pero al diablo con eso. Me inspiré de esos juegos prohibidos para cristianos y, con esos truquitos mágicos ya olvidados desde los tiempos de la Inquisición, invoqué a Walter. ¿Por qué llamé a ese tarado? La respuesta estaba en su actitud pervertida. Este hombre verraquero para las estupideces tenía que ayudarme para obtener el gemido más auténtico y cercano a mi oído izquierdo. Soy sordo del derecho. Fue difícil compartir la caja, me di cuenta entonces que Dios existe y todas esas babosadas espirituales. Verificar si realmente era Walter fue fácil.
–Así que tú eres Walter Steinmeier –le dije.
–¿Lo haces para burlarte sobre el asunto de la Av. Sodoma? –me cuestionó Walter.
–¿Has vivido un infierno con Helmut? –pregunté más delicadamente.
–¿Helmut?, ese tipo es muy cómico –me respondió con una sonrisa–. Todos los días me toca deambular por el manicomio como si no tuviese nada que hacer. Ahora estoy con el hombre que me abandonó cuando más lo necesitaba para iniciar la purga.
–Le voy a ser honesto, sólo estaba investigándolo.
–No soy más estúpido que Helmut, no soy una fórmula ni un enigma matemático para que me analice. Creo que Dios me dio el cuerpo de un imbécil, ahora estoy con alguien más inteligente, pero molesto.
Así concluí que Walter estaba consciente de que era una personalidad alterna. Le hice mi petición y Walter la negó rotundamente. Dijo algo similar a esto: “Hay algo en la carretera de tu vida, es como excremento, es la obsesión por un simple rato de placer. Ya lo superé cuando Helmut y yo nos separamos. Bromeábamos sobre toda la vida victoriana de los putos ricos que se cruzaban por el portón de la casa, y ahora estoy condenado a preparar contigo la elegía dedicada para ese.” Trató de culparme por frustrar sus planes para asesinar a su alter ego mientras iniciaba una caminata larga.
El tipo era el amo de los juegos mentales; me enseñó un mundo lleno de sollozos, donde las notas eran libres y las escogías al azar, sin miedo a que el conglomerado de ellas suene desafinado. “Esto es placer”, dijo Walter. El sonido de las mesas, los ventiladores y el golpeteo de palos huecos también formaban parte de su repertorio. Si no obedeces a la nota Mi Mayor, eres un tonto. Así, él me mostró el lado más oscuro de su mundo poco definido: un edificio sin paredes, sólo había camas, camas llenas de mujeres desnudas y muy sensuales. Tuve el coito con todas ellas y ninguna me ofreció el gemido deseado, sólo algo angelical como si lo que hice fue por amor. Fingí satisfacción con Walter, quien me esperaba tocando el violín una canción minimalista. Me comprometí a seguir más a fondo sus pasos que emanaban sonidos puercos, le dije que estaba desarmonizando los sonidos inocentes que dominaban el ambiente. Me miró y me dijo que esa rutina de oír la voz del espíritu benevolente es dañina porque te hace vulnerable. Entonces me dio por seguirlo, agarré un vaso de vidrio y lo lancé contra la calle que ondulaba como una senoidal, igual que mi estado de ánimo. Pero el sonido resultó ser agradable y bastante lento, como un ventilador bien lubricado. Sepulté mi deseo por el puto sonido de las mujeres y decidí matar a Walter para dominar su mundo.
–Ya no es necesario drogarse con eso –afirmé.
–Por supuesto –dijo Walter–, sólo tienes que gobernarlo con decencia. Y para lograrlo, necesitas experiencias gratificantes.
–¿Tienes miedo que alguien de aquí te arrebate la poltrona? –pregunté con absoluta naturaleza.
–Esto es como la Babilonia decadente –me dijo, mostrando su puño–, todos “pecando” por obtener un sonido muy parecido. En realidad, el único pecado es quedar en silencio.
–¿Y por qué quería hacer revolución en el mundo real?
–Ya le dije, la rutina es un asesino bastante sabido.
–En mi humilde opinión, este mundo debe actualizarse ya.
–Esa frase no me gusta, deberías abandonarme porque nada sacarás de mí.
–¿En serio?
Desaté los cordones de mis zapatos y traté de usarlos como un arpa. El sonido que le sacaba era más prodigioso que los que sonaban cotidianamente por ahí. Así todos vinieron a mí, perplejos. Walter estaba algo confundido, lo único que hizo fue desempuñar su mano; su autoestima se degeneraba mientras que la gente asistía al espectáculo. Walter tenía que seguir la corriente porque los músicos no querían decepcionarse, así que tomó un par de piedras y las aplastó hasta crujir: la percusión. Yo no quería que suene como esos pandilleros de la calle con los tanques y tarros. Los músicos encontraron una mejor manera de hacer música; el azar, dominio del universo, desapareció para que el orden se asiente entre los habitantes. Walter lloraba más que cualquiera de sus súbditos. Con un sueño notorio afirmó: “Esto era lo que mantenía en pie mi voluntad por la revolución; ya no queda más que la rutina de afuera. Mi mente fue profanada y contaminada sin remedio”.
Walter abandonó su mente para cultivar otra en un lugar diferente. Me sentía culpable así que dejé a mis nuevos sirvientes que sigan tocando. Antes de irse, Walter me hizo el gemido que tanto he deseado. Y lo condené a errar por el mundo. Quedé impactado, mi cara mostraba impresión y conmoción severa. Los sonidos ordenados se acrecentaban hasta ya no poder oírme. Quería despertar, sentía que me ahogaba, no por los sonidos ni el mar de imágenes que me habían asechado, sino por un… periódico.
Desperté, era muy tarde como para ir al consultorio. Me quité el diario de la cara. Era obvio que estaba en mi casa, pero la diferencia era que estaba junto a mi esposa. Me dijo muy angustiada que estaba “poseído” por las convulsiones. Me levanté de la bañera, mi esposa insistía que no debía marcharme hasta que leyera el periódico. Era El Reverso informando:
G. MANSON, POR USAR MÉTODOS NO ORTODOXOS, FUE “POSEÍDO”
En las columnas de opinión decían cosas como “Manson fue poseído por Steinmier” o “psicoloco jugador al satanito”. Ya los chismes se habían esparcido y la prensa no tardó en actuar. Miré la fecha y quedé un poco perplejo. ¡Dije que debí barrer todo eso en un solo día pues realmente pareció haber pasado un maldito día!
Constituido por el nuevo orden de la humillación, decidí regresar con mi esposa a mi despreciado hogar. Me arriesgaba a parecer pelota de hule social. Mi complejo de juzgar fue la razón de ser expulsado por mis compatriotas; esperaba, sin embargo, ser bien recibido tras haber asumido el cargo de la felicidad que tanto había anhelado. “¿Qué pasó en ese sueño?”, preguntaba mi esposa durante el viaje. Ya para ese instante los sonidos se normalizaron y yo estaba cada vez más relajado… no, eso no fue, estaba cada vez más intolerante. Era como un trasplante no compatible, una gangrena de ideas socavaban poco a poco la mente del que les escribe. Y una vez más ratifiqué la creencia en Dios, agregando el argumento de no volver a meterme en juegos de brujas. Una opresión de parte de sonidos más allá de lo psíquico ya me era perturbadora. Cuando llegué a mi tierra natal, me hice amigo de un loquero. Ya saben lo que sucedería luego…
Sin dudas podría decir que el enigma de la doble personalidad fue mi mayor impacto. ¡El impacto de una sandía… hacia el sol!

lunes, 9 de enero de 2012

EL VIAJE ESPIRITUAL Y MUNDANO DE STEINMEIER (Cap. I)

EL VIAJE ESPIRITUAL Y MUNDANO DE STEINMEIER
I: LA HISTORIA DE UN SEÑOR QUE QUERÍA DIVERTIRSE EN LA AV. SODOMA
Tal vez para una persona que pasa por una crisis existencial hay una extrema posibilidad de tomar un camino totalmente desdichado. Eso fue lo que pasó con el señor que quería divertirse en la Av. Sodoma y la calle que conduce a un pedazo de manglar de por allí. Así es, ese lugar que tanto odias y que, sin embargo, ni lo conoces. Pero puedes percibirlo o imaginarlo… y no hay necesidad de oler excrementos o la orina de los andrajos sociales. Es digno mencionar que este tipo, amigo mío de la infancia y valeroso compañero de prostíbulo, fue un ente sonámbulo, nunca sabía si estaba alucinando o ensayando otra de sus fallidas obras teatrales que nunca fueron leídas por las influyentes amistades con las prima donnas. Él, como esos hombres que quisieron comenzar un viaje hacia el foso de flores gigantes y apestosas, emprendió una historia de esas que se oyen normalmente por ahí. No me enteré de su reciente vida pasada hasta que un sicario llamado Alberto me contó su historia que decía que se las hacía de péndulo.
Lo conocí cuando tenía 7 años, en ese tiempo mi apatía y desorden eran evidentes, ahora no tanto gracias a él. Recuerdo esos días dorados. Compartíamos muchos gustos y placeres. Cuando este tipo actuaba, yo era nulo y viceversa; mirábamos las acciones del otro. Nos complementábamos, como si uno esperase que la respuesta del otro venga por inercia. Le tenía una sana envidia debido a su propiedad de tocar los cielorrasos sin saltar, entre mis amigos se hacía llamar “rascatechos Walter”; yo, en cambio, era encorvado. Él era bastante fornido, consecuencia de un estricto entrenamiento a punta de levantamiento de pesas de concreto que mi padre elaboraba. Las mujeres lo llamaban el “dulce albino”, casi toda muchacha que se le atravesaba era besada apasionadamente; si tu novia era poseída por este buen hombre, no podías hacer nada. “Muchos machos se han hecho homosexuales debido a su virilidad”, bromeaba mi abuelo, el polaco. Otros le decían “ojos de alga”; esto lo odiaba; pensaba que era adoptado puesto que sus padres tenían los ojos azules. Nada como un tupido bigote castaño, ese que se tornaba de otros colores cuando trabajaba conmigo en la vulcanizadora; no le cuentes a nadie, se lo hacía crecer porque era fanático de F. Mercury. ¿Su cabello y su español?, ni hablar. Por medio de él conocí a una mujer bastante sensual llamada Anna, recuerdo que con ella tuve la mejor noche de mi vida. Lamentablemente, cuando ambos cumplimos los treinta, Anna se fue con él a Inglaterra y, con ello, nuestra amistad de hierro (él la quiso terminar) y mi vida se apagó por un largo tiempo. Sus características físicas y personalidad tenían gran correlación debido a que era un ser bastante aberrante en las estadísticas, cosa que haría verse con claridad años más tarde.
El señor Walter, recién llegado del extranjero y muy bien educado, decidió reencontrarse con sus amigos; fui excluido porque hacía tiempo que nuestra relación se hizo añicos. Pero, cuando Walter estuvo de vuelta, mi vida volvió a saltar como un geiser bastante taponado. Regresó luego de que Anna lo traicionó al convertirse en esclava sexual de su padrastro, esto fue una de las tantas cosas que harían estallar la bomba o cabeza o como la quieras llamar; ese no es el punto de la mezcla de sucesos que estarían por venir. Trabajaba en una de esas empresas especuladoras que tanto aman nuestros mandamases y fue despedido por denunciar una cuestión de la sobrevaloración de retretes que estaba implicada dicha empresa. De Londres tenían que ser. Se sentía frustrado luego de tratar de podar los árboles en una calle que mis compañeros de libar llamaban “Abbey Road” y ser arrestado múltiples veces por la misma tontería. ¿Quién no tiene delirios en su vida? Él decía que quería hacerla ver como una foto en donde aparecía su tío Pablo. No sé quién sea tal familiar suyo, pero al final fue deportado, no por sus pequeñas travesuras, sino por jugar en los cementerios de Liverpool con el objetivo de encontrar a su “tío”. Aseguraba, alternando entre la ira y el pánico originado por los interrogatorios, que venía de Manchester (otras veces decía que era de Lancaster). No obstante, su acento alemán era notorio. Como hace unos treinta años, creo yo, los ingleses y alemanes tenían fuertes roces… las razones jamás me la revelaron en la escuela, sí, en esa que se encuentra en medio de los naranjales y mangos podridos. Uno de los responsables de su expulsión era un ex soldado de una guerra de la cual se dice que fue algo apocalíptica; sus compañeros fueron asesinados por los nazis y ese rencor seguía latente. Cuando llegó a mi país, forjó un fraterno trato entre un hombre llamado Alberto, colombiano y sicario de siempre; ya lo conocemos superficialmente.
Arribando a Guayaquil, Walter, empleado de los fastidiosos quiquiriquí  y nuevo consejero eterno para escribir panfletos en contra de sus rivales ideológicos, decidió caminar por una avenida sucia. Leía un diario ahora muy popular mientras se betunaba sus zapatos rotos. Cuando vio el brillo de sus calzados, pensó que su vida podría hacer lo mismo, pensamiento cliché. Una oleada de ideas surgieron, muchas basadas en sus experiencias, otras ya postradas en sus sesos desde que comenzó su distinguida educación. Pero, así como una gran ola deja suciedad y cualquier basura al romper, lo mismo pasará con un ideal demasiado grande y rico. Las perchas eran amplias, tanto como para albergar a muchos adeptos de distintos pensamientos. “Este es el inicio de algo terminante, que tendrá repercusión para bien y vencerá a los esclavizadores”, decía Walter. Muchos deducían que, por su origen prominente, era demasiado listo y merecía ser escuchado, aun cuando andaba pintando cuadros con bananas y restos de pintura caducada. Así empieza todo eso que tanto disfrutamos.
Repartía afiches por toda la ciudad con la esperanza de que alguien lo siga. Uno de ellos decía:
UNA NUEVA SUCIEDAD SOCIEDAD ESTÁ POR FLORECER. WALTER Y QUIEN ESTESE ESTÉ INTERESADO POR ESTE AFICHE ESTÁN LISTOS PARA ACABAR CON LOS ABUSOS DE CIERTOS TODOS LOS CERDOS AVARICIOSOS. ÚNETE YA A LA LUCHA DE SIEMPRE, AUNQUE ESTA TIENE UN TINTE MÁS CARACTERÍSTICO… TE LO GARANTIZAMOS
Walter era famoso por su intachable demagogia y, por lo tanto, todos sabían dónde encontrarlo: su nuevo templo, una tienda de antigüedades. Con mucha alegría y sorpresa, este nuevo líder recibió a más de veinte seguidores durante la primera semana. Ese número se mantuvo fijo hasta el comienzo del final de la organización.
Su primera lección empezó en un lugar bastante alejado de los santos e influencia de las sotanas para que contemplen la “verdadera situación social”. Miraba a las mujeres públicas y dijo a sus seguidores que ellas son “elementos sociales de satisfacción”, pero que deberían pagar impuestos. Creía que ellas cumplen con su propósito y que nacieron para ello; esto está basado de unos libros hinduistas que leyó cuando buscaba a su querido Pablo. Y así, con su primera enseñanza, empezó el primer éxodo de discípulos… fueron tres no más. “Machista de mierda, todo lo que has dicho no son más que gilipolleces islamitas”, dijo uno de sus ex alumnos, quien era español y quería buscar un buen inicio para el viaje de su vida, que más tarde lo encontraría en un bar clandestino. “Leed este diario y aquel libro sagrado, ambos nos enseñan de la vida y debemos guardarlos con mucho cariño para hacer entender a nuestros hijos que los tiempos son cíclicos, pero impredecibles”, dijo mientras sostenía diario El Serrucho y señalaba la biblia de un oyente. Así otra tanda fue liberada a la sociedad de la cordura.
Al caer la noche, ofreció posada para sus nuevos amigos. Su casa se encontraba en algún lugar de lo que alguna vez fue la hacienda La Prosperina. Allí nombró como el segundo al mando a Alberto y le asignó la tarea fundamental de ser el “hermano” en cuidar a las ovejas que estarían por escapar. De ahí, viendo al cerro más alto de la región, dijo lo que confirmaría su nueva locura y asentar su divinidad entre los hombres de la venda prieta: “Amigos míos, aquel cerro que se asoma azul por la ventana al amanecer y que recibe al sol en su muerte diaria, será nuestro altar para llegar a contemplar la tierra de los moros”. Uno, quien leía Don Quijote de la Mancha, le lanzó el libro en la cara y se marchó; fue asesinado por la mordida de una serpiente, según muchos, enviada por Dios. Un psiquiatra, el reconocido George Manson, quien supuestamente le seguía sólo para estudiarlo, intentó examinarlo mientras balbuceaba y determinó que no estaba loco: “Este tipo, controlado por la soberbia, denota mucha gracia y resentimiento en su discurso. Es un narcisista notable, tiene un complejo de superioridad camuflado con un muro de palabras con reseñas inconsistentes de diferentes creencias religiosas ya sea para convencer a las víctimas o causar un daño social de corto alcance. Un ídolo para los comunistas”. La palabra de él contra la mía, juzgue usted mismo. Antes de dormir el maestro, con el tono susurrante, afirmó: “Huelan el aroma de la liberación y convoquen a la paz con sus mentes inconformes, olviden los rezos, cada uno tiene su dios y por eso es que somos distintos; pero estoy aquí para juntar lo separado por hombres que nos hicieron ir al garete”. Realmente, lo dijo por decir, fue una improvisación para atraer a sus seguidores hasta el lugar que estará por nombrarse.
A veces, las intenciones de Walter se hacían oscuras, pero no era para preocuparse. Una tentación de hacer de ellos sus marionetas bailaba por llamar la suficiente atención de sus neuronas. Por suerte, sus neuronas eran muy apáticas. Y vino el sueño de su vida. Nadaba en un mar de enjuague bucal, cuando unos cigarrillos gigantes le llamaron la atención. “Ellos están destruyendo el mundo, es obvio que son los mismos desgraciados que me despidieron… todos son la misma porquería”, dijo. ¿Estulticia le podemos decir? Entonces, viajó al Cerro Azul por medio de su divina voluntad, con la intención de que el oráculo le dé respuestas.
–¿Cómo cambio el mundo? –preguntó Walter.
–Tienes que hacerlos enfrentar a la avenida del materialismo y el abuso de los grandes –dijo la voz misteriosa.
–Dime cuál es –rogó el sabio–. Si sigo meditando, tengo miedo de perder el juicio.
–Es la avenida Sodoma…
Así fue como acabó la onírica experiencia. Eran las cinco de la mañana. El cantamañanas despertó a sus discípulos. Dijo haber tenido la visión de la “revolución”. No conocía muy bien las calles de Guayaquil, así que eligió al azar a la Avenida 9 de Octubre como su Avenida Sodoma. “Escogería a Broadway si tuviese el poder que pronto obtendré por medio del pueblo libre”, musitaba. Al fin encontró la razón de su vida: fastidiar la vida de todos y todas. Llegaron a dicha avenida a las once de la mañana para iniciar la pacífica revuelta y así promover el crecimiento de la nueva tendencia. Otro aparentemente abandonó al grupo cuando estaban desayunando en el parque Centenario y me fue a informar sobre lo sucedido; cuando llegó a mi casa, se encontró con la sorpresa de que Alberto lo asechaba.
–¿Quién es usted, buen hombre? –pregunté a Alberto.
–Soy el hermano mayor de la comunidad de Walter –respondió el poco inteligente amigo–. ¿Me está probando?
–¿Walter, el alemán? –dije asombrado.
–Así es, y va a iniciar el cambio que todos hemos deseado –dijo con entera firmeza.
Fue cuando mis preguntas sobre el estado mental de Walter serían contestadas, pero aun así titubeaba. Más tarde, acompañado por el pobre hombre y Alberto, llegué a la 9 de Octubre. Todavía no pasaba nada; veía a Walter y sus quijotes armándose con los palos cortados de los árboles, listos para predicar. Me le acerqué y le pregunté sobre su curiosa religión.
–Walter, sé, que por alguna razón, me odias –le dije–. ¿Pero me podrías decir qué planeas hacer?
–Hay cosas que no se deben decir –aseveró Walter–, mas mis ideales sí. Pienso torturar a todos los corporativos y otros abusadores hasta dejar el poder de sus empresas a los trabajadores.
–¿Asegurar el bien nacional por medio del comunismo?
–Estás loco, esto es orgullo nacional.
–Ya veo, orgullo ajeno.
–Si no estás conmigo, corre.
Me largué de ese lugar. Surgió en esa mente corrompida por el tío Pablo una idea nacionalista. Bueno, sí, no era locura, sólo estaba enceguecido por el poder, nada más. Ya en las puertas del parque, reflexioné y decidí enfrentar al fratricida por el bien de la costa ecuatoriana. Fingí ser su nuevo discípulo a última hora y, a punto de emerger hacia la civilización y cuando Walter intentaba convencer a un imbécil que predicaba con su Biblia, hice un trato con Alberto.
–Bien, ya te percataste que no conseguirás dinero si te quedas con él –le dije–. Si lo abandonas y me apoyas, vivirás en el barrio Centenario.
–No le comprendo –dijo, en tono bajo, Alberto–. ¿Cuánto ofrece? ¿Qué desea hacer? ¿Me pone a prueba de nuevo?
–Sólo acerca tu oído a mi boca mientras ese idiota escupe su inteligente ignorancia.
Alberto quedó muy confundido y me tildó de drogadicto. Pero el dinero era muy poderoso.
Entonces, a las dos de la tarde, empezó la revolución. Walter gritaba con el palo en mano: “Viva los trabajadores, los vacos los liberaremos”. La gente se le reía por su mal español… hasta que uno de ellos atacó a su primera víctima. Walter sonreía diabólicamente pues uno de sus títeres sería capaz de perder su dignidad por él. “Me estoy divirtiendo en la Av. Sodoma”, dijo el maestro maligno. Alberto y yo nos quedamos atrás, le pagué todo lo necesario para que viva feliz y con la conciencia tranquila; también le obsequié una pluma contaminada con tóxica tinta pues J. Montalvo era mi mayor inspiración. Así que corrimos hacia el maniático. Tenía la relajante sensación de ser un fantasma en la escena pues era ignorado. Me quedé observando cómo Alberto le disparaba en la mano y piernas; su crueldad hizo que me quitase mi sombrero de copa alta. Luego, a punta de plumazos, lo atravesaba sin piedad hasta que el líder cayó y calló. El mismo dolor de la partida de Walter a Inglaterra me sobaba el alma, como que la muerte me quería llevar de nuevo. Mi mente trataba de inyectar morfina a mis sentimientos y músculos. Tenía que encararlo. Me le acerqué mientras la gente lo rodeaba. “Con sinceridad, te había echado de menos, creí haberte matado cuando dejé este país de gente cateta… Anna resultó ser una hija de perra”, me dijo sonriente. En ese momento no me podía imaginar la vida sin Walter, trataba de recordar esos días de soledad; sólo recuerdo haber leído un periódico en un avión o algo así. Me marché, al igual que todos de la avenida Sodoma, cuando murió con la máxima decencia posible. Eso creía. Acto seguido, de regreso a mi casa, desmayé con un dolor insoportable que hacía exigir al cuerpo que perezca de una bendita vez.
Un policía llegó, no pudo detener a su caballo y lo terminó al aplastar sus órganos, eso era lo que deseaba de Walter para finalmente tomar su puesto. Diario El Serrucho cubrió el suceso más atroz que jamás había sucedido en la Sodoma. Lástima que sería el único día de ese callejón de la torcida cosmovisión pues se volvería a llamar 9 de Octubre.
Sin embargo, este personaje se resistía a dimitir. Al siguiente día, diario El Hoyo Negro anunció que Walter no estaba muerto físicamente, pero sí moralmente. Mi pluma no lo mató del todo. Estaba irritado y con mucho dolor en mis extremidades. Por alguna razón sangraba en veces y venía mi enfermera a tratar mi mal. Este padecimiento fue un posible castigo del Señor por haber atentado sólo con su vida. Estaba muy deprimido. Una parte de mí me decía que también debí haber librado al Ecuador de su maldita morralla.
Alberto huyó muy lejos, dejando rastros. Fui acusado de esquizofrenia, doble personalidad  y demencia. No fui a la cárcel, pero sí a un centro psiquiátrico, otros le dicen manicomio. Mostraba a esos malditos ángeles diabólicos, esos enfermeros, la mitad de este escrito. De todas maneras, no se fiaban de la única evidencia de mi buen juicio. Ahora vivo con el tormento de que Walter viene a visitarme cada día cuando se le daba la gana. Todos se le reían  cuando venía a balbucear sus adulaciones a Stalin. Yo no le veía nada de gracia, peor cuando mi honra fue destrozada sólo por ser vinculado con el desgraciado suceso. Él, en su autobiografía nunca publicada, dijo como suya: “Cuando este tipo actuaba, yo era nulo y viceversa; mirábamos las acciones del otro. Nos complementábamos, como si uno esperase que la respuesta del otro venga por inercia”. Yo creía haberla dicho primero; decía que era plagio, pero mis vecinos de cuarto afirmaban que yo mismo me plagiaba. ¿Quién haría caso a unos trastornados? En fin, ahora estoy escribiendo desde un cuarto de insoportable paz y bastante blanco, no quisiera ir al paraíso.
Los restos morales de Walter fueron enterrados por mi decepcionada abuela en alguna parte del cerro El Carmen. Eso me tranquilizaba en parte, pero no evitaba que el alemán demoniaco siga paseándose por los pasillos del psiquiátrico, su voz hacía una buena orquestación en conjunto a los gritos y gemidos de los residentes. Mi abuelo, por petición mía, escribió sobre la piedra:
ADIÓS QUERIDO WALTER, ESPERO QUE TE HAYAS ENCONTRADO CON TU TÍO PABLITO. HAS CAUSADO MUCHOS PROBLEMAS Y, COMO TU TÍO, NO PUEDES REGRESAR PORQUE NUNCA MÁS TE MIRARÁN COMO LO QUE HICISTE CREER QUE ERAS.
Más tarde me enteré que mi abuela agregó a la inscripción:
WALTER, AUNQUE NACISTE DESPUÉS DE HELMUT, TIENES SU MISMA EDAD. MUY EXTRAÑO, PERO TENGO QUE AGRADECERTE DE QUE HAYAS RESUCITADO A MI NIETO CON TU REGRESO. ADIÓS WALTER Y HELMUT, DIOS DESEÓ PONERLOS EN EL MISMO CUERPO PARA DARNOS UNA MORALEJA QUE JAMÁS PODRÁ SER COMPRENDIDA POR UN PUEBLO POCO SABIO E INTOLERANTE.
Esta historia ha tenido limitado alcance, creo yo. Si usted la está leyendo, es porque ha podido penetrar las barreras de la prisión de la chifladura. Ojalá mi amigo Alberto, quien ahora vive por la Perimetral, haya difundido esta tema de importancia social.
Desde un lugar cerca del río Guayas,
Su amigo, Helmut Steinmeier